Elogio a quien duda

26/May/2015

El País, Carlos Alberto Montaner

Elogio a quien duda

Es muy doloroso contemplar las imágenes. Como
tantas veces se ha dicho, nuestro pasado comenzó en Ur, la ciudad sumeria, unos
cinco mil años antes de Cristo. Hay una línea cultural continua entre aquel
remoto poblado mesopotámico y New York, París o Montevideo.
La nueva yihad desatada por ISIS también nos
afecta. El califato que ha surgido a sangre y fuego entre Irak y Siria, además
de decapitar enemigos, destripar chiitas, yazidis y cristianos, y violar y
esclavizar mujeres y niños, se dedica a destruir los restos del espléndido
pasado pagano que aún quedaba en pie.
Muchos de estos islamistas depredadores son
jóvenes criados en Occidente. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué sentido tiene pulverizar
a martillazos un milenario y hermoso hombre-toro alado, un majestuoso Lamasu
asirio, perteneciente a una religión que ya nadie recuerda porque se perdieron
sus rastros en el pasado?
La culpa es de la certeza. El fanatismo
violento de los yihadistas surge de la convicción absoluta de que ellos saben
cuál es el Dios verdadero y no tienen la menor duda de que cumplen al pie de la
letra las órdenes que les transmite su libro sagrado, el Corán.
Si vamos a creer a la Biblia, cuando Moisés
desciende del Sinaí con los diez mandamientos que le ha entregado Yahvé, sabe
que el quinto de esos preceptos es “no matarás”, pero la cólera que le provoca
ver a los israelitas adorando a un becerro de oro, fundido por su hermano
Aaron, lo lleva a ordenar la ejecución de tres mil personas. Moisés tenía la
certeza de que esa, aunque contradictoria, era la voluntad de Dios.
Constantino, que en el 313 impuso en Milán el
Edicto de la Tolerancia, en el 354 rectificó cobardemente y ordenó la
destrucción de cientos de bibliotecas y templos paganos. Las rocas calcinadas
dieron origen a fábricas de cal. Cinco años más tarde, los cristianos en Siria,
entonces un rincón ilustre del mundillo helénico, se adelantan 1700 años a los
nazis y organizan los primeros campos de exterminio para paganos y judíos en la
ciudad de Skythopolis.
Desde entonces, y por los siglos de los
siglos, los judíos fueron el objeto de todas las persecuciones. Papa tras papa,
comarca tras comarca, los persiguieron, machacaron y expulsaron. Lo hicieron
los alemanes, ingleses, italianos, polacos, rusos, españoles, portugueses,
cristianos y mahometanos. Lo hizo todo el que podía, generalmente en nombre de
algún Dios verdadero.
Sin duda, matar enemigos del Dios verdadero ha
sido un deporte universal muy practicado. El papa Inocente III, en la Edad
Media, desató el genocidio de los herejes albigenses o cátaros. Decenas de
millares fueron ejecutados. Cuando le advirtieron que estaban asesinando a
justos y a pecadores, respondió que no importaba. Dios se ocuparía de mandar
unos al cielo y otros al infierno. Era solo el preámbulo para las terribles
guerras de religión que asolaron la Europa del Renacimiento y la Reforma
liquidando, literalmente, a millones de personas.
Simultáneamente, en América, mientras creaban
ciudades y universidades, los frailes y los conquistadores asesinaban
indígenas, quemaban códices y destruían templos, o los convertían en iglesias,
con el afán de destruir para siempre cualquier vestigio de unas creencias
paganas que a ellos se les antojaban como propias del demonio porque incluían
los sacrificios humanos.
¿Lo menos peligroso, pues, es ser ateo?
Tampoco. Ser ateo puede derivar en otras formas de atropello similares a las
practicadas por los creyentes. Al fin y al cabo, afirmar que Dios no existe
entraña una certeza tan temeraria como la de quienes opinan lo contrario. Los
marxistas-leninistas, convencidos de que “la religión es el opio del pueblo”
-frase de Karl Marx-, han perseguido a los cristianos en Rusia y Europa,
mientras los chinos y los camboyanos han agregado a los budistas a su lista de
víctimas.
En los Estados ateos, miles de templos han
sido destruidos o confiscados y dedicados a otros menesteres. EnverHoxa en
Albania convirtió la negación de la existencia de Dios en un dogma nacional, y
hasta creó un Museo del Ateísmo por el que desfilaban los estudiantes para
aprender a odiar a los creyentes, ya fueran mahometanos (la mayor parte) o
cristianos. Las mezquitas e iglesias se convirtieron en recintos laicos.
En Cuba, más de 200 escuelas católicas y
protestantes fueron expropiadas y decenas de sacerdotes tuvieron que exiliarse.
Para agregar sal a la herida, el centro de detención más despiadado y siniestro
de la policía política comunista es “Villa Marista”, una antigua escuela
católica. Como me dijo un exprisionero que en esa cárcel había perdido los
dientes, el cabello y la fe religiosa: “ahí antes te salvaban el alma; ahora te
la parten”.
Admitámoslo: solo la incertidumbre nos hace
flexibles y aceptantes. Quien no duda es un ser muy peligroso. Puede matar sin
que le tiemble el pulso. Como los yihadistas.